Llevo poco tiempo trabajando con adolescentes con transtornos de conducta y/o en riesgo de exclusión social y reconozco que estoy aprendiendo mucho más de lo que imaginaba. Entorno a ellos se arremolinan una ingente cantidad de expectativas, inquietudes, retos, inseguridades, aprendizajes, vivencias, sueños...
La sociedad evoluciona a una velocidad vertiginosa, y si ya es complejo para los adultos adaptarnos a las nuevas realidades, lo es aún más para aquellos que están viviendo un momento personal tan poliédrico como es la adolescencia. Y, cómo no, se exponencia en aquellos casos en los que están presentes diagnósticos psicológicos y/o entornos sociales desfavorecidos, conductas disociales, patrones familiares disfuncionales...
En este sentido, observo en los chavales con los que trabajo (de 14-15 años) una acuciante necesidad de independencia respecto a los adultos con los que conviven. Pero esta necesidad no se podrá materializar, probablemente, hasta dentro de unos cuantos años por razones económicas y/o laborales.

Es evidente que no hablamos de todos los adolescentes y que existen infinidad de realidades pero desde mi precaria experiencia detecto una diferencia en cuanto a ritmos y retos vitales entre generaciones. Si hace unos años empezabas a trabajar con 17-18 años y te conformabas con lo necesario para poder mantenerte sin pedir dinero a tu familia, ahora muchos quieren trabajar cuanto antes (aunque no tengan la edad legal), con un sueldo más que generoso, para independizarse bastante antes de la mayoría de edad. Lo importante no es tanto empezar una nueva etapa vital como huir de la actual.
Existe entonces un desajuste importante entre los anhelos de muchos jóvenes y la realidad imperante. Si es complejo encontrar empleo teniendo formación y experiencia, lo es mucho más sin tener ni tan siquiera los estudios básicos obligatorios finalizados y mucho menos experiencia laboral. Si además no se posee la edad mínima legal y las expectativas pasan por sueldos imposibles, el sentimiento de frustración aflora con mucha facilidad. Otro tema a abordar es cómo preparamos a esos jóvenes para afrontar esta frustración y qué herramientas ofrece la sociedad para mitigarla.
Y cuando la realidad no acompaña, algunos de ellos tomarán los atajos que sean necesarios para conseguir sus objetivos. Si el entorno social del menor no es el más óptimo, no se poseen las estrategias adecuadas o las figuras de autoridad no canalizan esos anhelos, existe una alta probabilidad de que se produzcan conductas disruptivas que dificulten, aún más, su empoderamiento como ciudadanos de pleno derecho.