20 julio 2009

DE CÓMO HABLAMOS (Breve diccionario crítico de servicios sociales)

Por Sera Sánchez Rodríguez, educador social de servicios sociales de base
Todas las disciplinas crean un discurso propio mediante el cual explican su objeto de estudio. Así, el trabajo social (incluyendo aquí a la educación social) se nutre de referencias científicas (ciencias conjeturales como la pedagogía social, la psicología, etc.), y se sustenta en modelos teóricos para crear un lenguaje reconocido por todos sus profesionales. En la traslación del modelo teórico al de la praxis profesional hay una transformación del discurso. En esa translación unos conceptos son usados con mayor o menor fortuna, otros se desvirtúan perdiendo su sentido primigenio al pasar al lenguaje profesional. (...) Con el tiempo algunos de estos conceptos con los que se crea un corpus propio son exportados a otras disciplinas para, finalmente, acabar formando parte del lenguaje común. (...). El término acaba popularizándose tanto, su uso es tan indiscriminado, que al final pierde (si es que alguna vez lo había tenido) su intención explicativa. Cuando, tratando de utilizar un lenguaje propio, nos olvidamos del significado de las palabras, de su sentido primigenio, las palabras pasan de ser una categoría conceptual inscrita en un modelo a ser una etiqueta. La etiqueta descarga todo su poder de generalización. La generalización es tan subyugante, tan seductora que impide al profesional cualquier esfuerzo en estudiar el caso concreto, con sus matices. Porque LA ETIQUETA lo explica todo: el problema, la hipótesis, la solución. Todo. La etiqueta es luego acuñada por la opinión pública y los medios de comunicación que, como ya hemos dicho, revisten con un barniz de cientificidad la noticia al utilizar palabras que se utilizan en otro argot profesional. (...). Finalmente la etiqueta, propuesta por el profesional y refrendada por los medios, es enganchada al cuerpo mismo del usuario y se convierte desde ese momento en su estigma. No es éste, ya se habrá adivinado, un diccionario al uso. Tampoco pretende indagar en la raíz etimológica de cada palabra, porque aquí lo que se critica no es (salvo alguna excepción) el concepto en sí, sino su uso indiscriminado, perverso en ocasiones, que conlleva siempre una forma de poder. Es este, pues, un ejercicio de autocrítica para, como dice el filósofo Xavier Antich, “seguir buscando las palabras que nos faltan”. Las expresiones y conceptos contenidos en este artículo representan una pequeña muestra recogida mediante la observación de informes, coordinaciones, reuniones, noticias en la prensa, etc. Algunos conceptos están escogidos por el poder estigmatizante que ejercen sobre los sujetos. Otras expresiones, quizás más inocentes, solo revelan algunos eufemismos y prejuicios. A modo de ejemplo:

FAMILIA DESESTRUCTURADA. Los medios de comunicación han hecho célebre este concepto que utilizan sin complejos para explicar cualquier noticia que huela a situación marginal. Todo un éxito de nuestra profesión que ha conseguido colar en los cuarenta principales de los media a su concepto estrella. Familia desestructurada se utiliza en servicios sociales, pero también lo esgrimen médicos, profesores, voluntarios, periodistas, etc. que no dudan en calificar a las familias, sin ningún tipo de reparo, con tremenda categoría. Familia desestructurada es un cóctel donde el ingrediente principal (lazos familiares poco tradicionales y problemas con los hijos aparte) es la pobreza. De ahí su poder ejemplarizante: “Nosotros no somos así” parece decir quien lo utiliza. Y cuando de una familia se decide que es desestructurada, los matices, su historia, sus razones, las peculariedades, todas esas “contrariedades” que dificultan qué generalicemos tan alegremente y que nos obligan a pensar un poco más, se van de vacaciones.

HIPERACTIVO. La educación, aunque investida de oropeles, se convierte muy a menudo en la tarea de parar el movimiento continuo. Revolverse más de la cuenta en el pupitre se castiga hoy con Tranquimazin. Cuando el diagnóstico científico se populariza y se hace moda se convierte en una etiqueta con la que distinguir a todo aquel que se salga de la norma. El concepto se banaliza hasta tal punto que veda cualquier intento serio en identificar al niño que de verdad lo sufre. Lo que son las cosas, en la edad adulta, vaya usted a saber porqué, ser hiperactivo se acaba considerando un valor añadido.

(...) PADRE AUSENTE. Estamos ante una expresión que está tomando, dadas las prisas del profesional en poner etiquetas en sus informes, otros derroteros para los que fue pensada. Si nos fijáramos más en la musicalidad de las palabras no deberíamos usar ausente, una palabra tan hermosa, cuando lo que de verdad queremos decir es que no existe el padre y que no vale la pena gastar ni un minuto de reunión en hablar de el. “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, decía Neruda. Padre ausente nos remite, pues, a un padre evocador, siempre pensando en las musarañas, mientras la familia se desmorona a sus espaldas. A pesar de eso, este Padre ausente puede ejercer un poder real y simbólico enorme en la familia y nos puede pillar mirando para otro lado. Pasa como con todas las generalizaciones, nos libra de cavilar y nos pone a dormir a pierna suelta. Los que hemos crecido intelectualmente con el lema: es imposible no comunicar, deberíamos confrontarlo con el concepto de Padre ausente. Por coherencia, más que nada.

(...) PRE-DELINCUENTE. Si hay un término que tendría que hacer sonrojarnos ese es el de predelincuente. Tenía la esperanza de que con los estudios de diplomatura, con nuestra profesión entrando en la universidad, con el saber en definitiva, este término, príncipe de lo prejuicios, insulto a la inteligencia, se abandonaría por completo. Pero aún colea por ahí. Desde aquellos pseudocientíficos que estudiaban a los asesinos según la forma y el tamaño de su cráneo no se había pertrechado tamaño atropello. Aun así la palabreja va salvando obstáculos y adaptándose a cada generación de educadores. A los aprendices de Aramis Fuster no les hace falta la pedagogía, ya se ve.

RIESGO. Nuestro discurso profesional adolece, en ocasiones, de un lenguaje propio. Hemos adaptado al trabajo social conceptos que provienen de la medicina (prevención, diagnóstico, intervención, etc.) con la dificultad que supone utilizar expresiones creadas, originariamente, para otra disciplina. Lo confieso, no tengo una propuesta para sustituir la palabra riesgo. Nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya parece casi de la familia, pero prueben a hablar con gente “normal”. Sí, sí, gente que no sea del gremio, que no se dedique a estos menesteres nuestros (existen, se lo aseguro). Confronte el término con su mujer, sus amigos, sus hijos ya verá como no resiste ni un asalto. En fin, podemos hablar de indicadores, a secas (indicadores que, por cierto, necesitan una revisión urgente para adaptarse a la actualidad). No necesitamos esta expresión a menos que consideremos que vivir ya es un riesgo.

SIGLAS: Conversación entre dos educadores:
-Ya hiciste el PEI?
-No, me falta la valoración de l’EAP. Además, no se si el EAIA necesitará también el informe del DAM.
-En mi EBASP lo prioritario es la valoración del CSMIJ. Pero es una indicación de nuestra CAP que había trabajado en la DGAM, quiero decir… la DGAIA, ya sabes.
- ¿Y lo hacéis ES y TS juntos?
-Normalmente los hago solo yo porque son casos de IES o de CEIP. Pero si se ha de pedir un SAD o un PIRMI o ingresar en un CRAE entonces lo hacemos los dos más la TF.
-Ah, ya. Bueno, quedamos después a tomar un café?
-¿Un qué?

SOCIAL. Nuestro Santo Grial. Apellidamos a nuestras profesiones con este lastre sin caer en la cuenta que social, lo que se dice social, lo es casi todo. Otros profesionales (...) ya se han dado cuenta de eso y en muchas reuniones insisten en derivarte, perspicaces ellos, cualquier cosa con la excusa de que es un problema social. Demuéstrales con argumentos convincentes que están equivocados. Es imposible. Psicología social, educación social, trabajo social, socioeducativo, sociosanitario, lo social nos llena la boca. Tendremos que ir pensando en como discriminar nuestras experiencias profesionales (...) en base a algo más consistente que considerarlo social o no. Eso o que nos sigan considerando chicas/chicos para todo (lo social).

(...) VERBALIZAR. Nada en contra de esta palabra más allá de la antipatía que me produce su pedante cadencia. Es solo que su uso es tan excesivo en nuestros lares que llega a irritar. Ya se sabe, cuando una persona normal y corriente viene a vernos, en el mismo momento que entra en nuestro despacho, deja de hablar y decir y por un proceso de osmosis comienza a verbalizar. Y donde dijo digo, verbaliza Diego. Escuchémonos en cursos y en coordinaciones: El loable esfuerzo por crear un lenguaje científico y alejado del vulgo a veces nos hace hablar muy raro.