04 febrero 2012

Trabajo en un CRAE


Post elaborado por David Jané Bonastre, educador social en el CRAE En Polzet. 
@davidjane1976 en Twitter

Cuando Montserrat me preguntó vía Twitter si me gustaría hacer una entrada en su blog hablando del Educador Social en los CRAEs basada en mi experiencia, mi primera reacción fue "vaya, estaría bien poder decir algo". Estaba en medio de una reunión en el centro y como me encontraba en harina, me pareció una idea genial. Al rato, y después de echar una ojeada a su blog (una vez más), pensé: "jod... y que puedo ofrecer yo aquí?", dado el gran nivel de las entradas realizadas y los comentarios de la gente que lo lee. Después de darle un par de vueltas más, se me agolparon las historias vividas y las cosas de las que podría hablar y llegué al punto de que a lo mejor debería escribir no una entrada en su blog, sino un libro, o una sitcom al más puro estilo americano. 

La vida en un CRAE, aunque supongo que muchos la conoceréis, es muy parecida a una mezcla de cosas (volviendo al formato televisivo): tiene momentos de comedia de situación, de drama, de historias de terror y hasta de momentos del más puro estilo CSI. Es un lugar donde nunca dejas de aprender, de enseñar, de reírte, de (metafóricamente y a veces hasta literalmente) llorar, enfadarte, hacer enfadar, pasar momentos de tensión, de emoción, de dolor, de pérdida... Cada día que pasa te da la sensación de que a lo mejor has dado un paso hacia delante con un chic@ o niñ@, pero dos (hasta tres) hacia atrás con otr@. Trabajas siempre sabiendo que ellos y ellas te conceden, cuando lo desean, el permiso para que les "eduques". Los vínculos, aunque creas que los generas tú, son ellos que te ceden ese "derecho". Nunca hay que olvidar que un niñ@ de CRAE viene porque lo tutelan a la fuerza (de hecho, en estos 12 años, sólo recuerdo 2 casos de chavales que llegaron al centro dando las gracias por haberles sacado del entorno donde estaban metidos), por lo que nunca hay que olvidar que podrás ayudarles si ell@s quieren. 

Ese es el momento mágico: cuando ves que ese muro de resistencia ante ti, el extraño ser que está en esa extraña casa donde hay 19 niñ@s más, cada cual más asilvestrado/a, se cae. Y por qué se cae ese muro? Y cuando lo hace? Esas son las grandes preguntas. No hay fecha límite. Primero quieren ver hasta dónde vas a llegar tú, te ponen a prueba para ver si esa supuesta autoridad (moral, emocional, de liderazgo, de apoyo, de enseñanza) que los demás habitantes de la casa te han concedido, también merece ser entregada por parte del "nuevo". Este "nuevo" intentará llegar hasta el límite (en ocasiones institucional) para ver cómo respondes tú (y tus compañer@s) y para ver cómo responden los demás niños y niñas. Si en ese "test de pruebas" detectan que, por mucho que lo intenten, tú no caes ni (lo más importante) le dejas caer a él, y que los demás siguen manteniendo esa confianza en ti, será cuando el muro que parecía de granito, se empezará a deshacer cual trozo de papel mojado.

Ahí está (si me permitís la cursilería) la belleza de este trabajo. Este juego de cesiones por parte de ambas partes, esa cuerda que, aparentemente tiramos de los dos lados por igual pero que, en el fondo, el educador (con los años y la experiencia) va soltando o corrigiendo para llegar al objetivo final: que el otro se deje ayudar.

Siempre me he hecho la imagen de un niño cuando llega al centro basado en los colores. Me explico: cuando un niño llega a una institución, es de color gris: triste, malhumorado, rabioso (ante ti porque eres la figura del "malo" que le ha sacado de su familia, pero en el fondo contra su familia y la imposibilidad de esta de cuidarle), transgresor... El día que se van (en un gran número de casos), ese gris ha mutado hacia un color. El color en concreto es el de menos. Ya no es gris, que es lo importante.